domingo, 18 de julio de 2010

Haile Selassie I ante las Naciones Unidas, New York USA, 1963


Sr. Presidente, distinguidos delegados: Hace veintisiete años, como Emperador de Etiopia, subí a la tribuna en Ginebra, Suiza, para dirigirme a la Liga de Naciones y solicitar una ayuda para la destrucción que había sido desenlazada, por el invasor fascista, contra mi nación indefensa.

Entonces hablé para la conciencia del mundo. Mis palabras no fueron escuchadas, pero la historia es testimonio de la exactitud de la advertencia que diese en 1936. Hoy me encuentro ante la organización mundial que ha tenido éxito por la fachada abandonada dejada por su predecesor desacreditado. En este organismo se encuentra protegido el principio de la seguridad colectiva que en vano invoque en Ginebra. Aquí, en esta Asamblea, descansa la mejor -tal vez la última- esperanza para la supervivencia pacifica de la humanidad.

En 1936, declaré que no era la Alianza de la Liga lo que se encontraba en juego, sino la moralidad internacional. Promesas, dije entonces, son de poco valor si se carece de la voluntad para mantenerlas.

La Carta de las Naciones Unidas proclama las aspiraciones más nobles del hombre: La renuncia a usar la fuerza para solucionar las diferencias entre estados; la garantía de los Derechos Humanos y Libertades Fundamentales para todos sin distinción de raza, sexo, idioma o religión; la protección de la paz y seguridad internacional. Pero estas, también, como eran las frases de la Alianza, eran solo palabras; su valor dependía totalmente de nuestra voluntad para cumplirlas y honrarlas y darles contenido y significado.

La conservación de la paz y la garantía de la libertades y los derechos básicos del hombre requieren un valor y vigilancia continua: valor para hablar y actuar -y si es necesario, para sufrir y morir- por la verdad y la justicia; la vigilancia continua, que aún la menor violación de la moralidad internacional debe ser detectada y corregida. Estas lecciones deben ser aprendidas una y otra vez por cada generación futura, y esa generación es en efecto afortunada si aprende de los otros antes que de su propia amarga experiencia. Esta Organización y cada uno de sus miembros tiene una responsabilidad aplastante y temible: absorber la sabiduría de la historia y aplicarla a los problemas actuales, a fin de que las futuras generaciones puedan nacer, vivir y morir en paz.

La historia de las Naciones Unidas durante los cortos años de su existencia ofrece a la Humanidad una base sólida de estímulos y esperanza para el futuro. Las Naciones Unidas han osado actuar, cuando la Liga no lo hizo -en Palestina, Corea, Suez y el Congo. Hoy entre nosotros no se encuentra nadie que no haga conjeturas sobre la reacción de esta entidad cuando se puso en duda su motivos y acciones. La opinión de esta organización hoy actúa como una poderosa influencia sobre las decisiones de sus miembros. Los ojos de la opinión mundial, enfocados por las Naciones Unidas en las violaciones de los renegados de la sociedad humana, han demostrado se, hasta ahora, una protección eficaz contra la agresión desenfrenada y la violación ilimitada de los Derechos Humanos.

Las Naciones Unidas continua siendo como un foro en donde las naciones cuyos intereses chocan, puedan presentar sus casos ante la opinión mundial. Todavía facilita una importante válvula de escape sin la cual el lento crecimiento de las presiones, desde hace mucho tiempo, han resultado en catastróficas explosiones. Sus acciones y decisiones han acelerado el éxito de la libertad para muchos pueblos en el Continente de África y Asia. Sus esfuerzos han contribuido al progreso de las condiciones de vida de los pueblos de todas partes del mundo. Por esto, todos los hombres deben estar agradecidos. Mientras me encuentro aquí hoy, qué débil y distante, son los recuerdos de 1936. Cuan diferentes son en 1963 las actitudes de los hombres. En aquel entonces nos encontrábamos en una atmósfera de un pesimismo sofocante.

Hoy, cauteloso pero un optimismo triunfante es el espíritu predominante. Pero cada uno de nosotros reunidos aquí sabe que lo que se ha logrado no es suficiente. Los fracasos de las Naciones Unidas han sido y continúan sujetos a la frustración, a medida que Estados-Miembros individuales han ignorado sus pronunciamientos y desestiman sus recomendaciones. La fuerza de la organización se ha debilitado a medida que Estados-Miembros han eludido sus obligaciones para con ella. La autoridad de la Organización ha sido ridiculizada a medida que Estados-Miembros han continuado, en violación de sus mandatos, buscando sus propios objetivos y fines.

Los problemas que continuaron plagándonos, todos aparentemente surgieron entre Estados-Miembros de la Organización, pero la Organización continúa impotente para hacer cumplir las soluciones aceptables. Como creador y ejecutor de la leyes internacionales, lo que las Naciones Unidas ha logrado, lamentablemente, todavía no cumple con las metas de ser una Comunidad Internacional de Naciones. Esto no significa que las Naciones Unidas ha fracasado. He vivido demasiado tiempo para abrigar muchas ilusiones acerca de la arrogancia esencial de los hombres cuando se les exige una confrontación autoritaria ante el tema del control sobre su seguridad y derechos de propiedad. Ni siquiera ahora, cuando hay tanto en peligro, las naciones confiarían voluntariamente sus destinos en otras manos. Sin embargo, este es el ultimátum que nos han presentado: asegurar las condiciones por las que el hombre confiará su seguridad a una entidad más grande, o arriesgar su aniquilación; persuadir a los hombres que su salvación consiste en la subordinación de los interese locales e internacionales a los interese de la humanidad o poner en peligro el futuro del hombre. Estos son los objetivos que debemos tratar de alcanzar, inalcanzables en el pasado, hoy indispensables.

Hasta que logremos alcanzar este objetivo, el futuro de la humanidad continua en peligro y la paz permanente un asusto de especulación. No existe una sola formula mágica, ni un solo paso simple, ni palabras, ya sea escrita en la Carta de la Organización o en el tratado entre los estados, que automáticamente nos puede garantizar lo que buscamos. La paz es un problema diario, el producto de una multitud de eventos y opiniones. La paz no es un "es", es un "llegar a ser". No podemos escapar a la terrible posibilidad de una catástrofe debido a un error. Pero podemos tomar las decisiones correctas en un sin fin de problemas subordinados, que cada nuevo día se plantean, y podemos de este modo hacer nuestra contribución -y tal vez lo que pueda ser razonablemente exigido de nosotros en 1963- para conservar la paz.

Es aquí en las Naciones Unidas nos han apoyado -no perfecta pero convenientemente. Y al mejorar las posibilidades que la Organización nos brinde un mejor servicio, servimos y nos acercamos más a nuestras metas más queridas.

Brevemente mencionaré hoy dos asuntos específicos que son de honda preocupación para todos los hombres: el desarme militar y el establecimiento de la verdadera igualdad entre los hombres. El desarme militar se ha convertido en el urgente mandato de nuestros tiempos, no digo esto porque yo comparo la ausencia de armas con la paz, o debido a que creo que poner fin a la carrera armamentística nuclear automáticamente garantiza la paz, o la eliminación de las cabezas nucleares de los arsenales del mundo traerá en su despertar un cambio en la actitud de las naciones y el cual es un requisito para la solución pacifica de los conflictos entre las naciones. Hoy, el desarme militar es importante, algo sencillo, debido a la inmensa capacidad destructiva de la que disponen los pueblos.

Haile Selassie ante las Naciones Unidas, el 6 de Octubre, 1963 en New York, U.S.A.

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